Ecocrítica
La ecocrítica (también denominada ecocriticismo, crítica literaria ambiental o estudios verdes —del inglés green studies—) es una corriente de crítica literaria e interdisciplinaria que estudia las relaciones entre la literatura, la cultura y el medio ambiente físico. Surgida en el ámbito académico anglosajón durante la década de 1990 (siglo siglo XX), se ha extendido internacionalmente y se ha consolidado como un campo relevante dentro de las humanidades. A diferencia de enfoques tradicionales que privilegian los vínculos entre texto y sociedad o entre texto y psicología individual, la ecocrítica incorpora el entorno natural como categoría analítica central, situándose en la intersección entre los estudios literarios, la ecología y la filosofía ambiental.
Definición
Una de las definiciones más influyentes del campo fue propuesta por Cheryll Glotfelty en la introducción de la antología fundacional The Ecocriticism Reader: Landmarks in Literary Ecology (1996). Allí define la ecocrítica como el estudio de la relación entre la literatura y el entorno físico.[1]
Para Glotfelty, la crítica feminista analiza el lenguaje y la literatura desde una perspectiva de género; la crítica marxista lo hace a partir de las condiciones materiales y de clase. En ese marco, la ecocrítica propone un enfoque centrado en la tierra para el estudio de los textos literarios.[2]
Por su parte, Lawrence Buell, profesor emérito de la Universidad de Harvard, amplió esta definición al caracterizar la ecocrítica como el estudio de la relación entre literatura y medio ambiente llevado a cabo desde un compromiso con la práctica ambientalista.[3] Esta formulación subraya la dimensión ética y política del campo, que lo distingue de un análisis meramente temático de la naturaleza en los textos.
Simon C. Estok ha señalado que la ecocrítica se define, en primer lugar, por la postura ética que adopta —al reconocer el valor intrínseco del mundo natural— y, en segundo lugar, por su carácter interdisciplinario, orientado a establecer vínculos entre diversas áreas del conocimiento.[4]
En términos generales, la ecocrítica parte de la premisa de que la cultura humana está profundamente imbricada con el mundo físico, al que afecta y por el que es afectada. Su objeto de estudio es la interconexión entre naturaleza y cultura, especialmente a través del lenguaje y la literatura, y su perspectiva crítica se sitúa simultáneamente en el análisis textual y en la atención al entorno material.[5]
El término se reconoce bajo diversas denominaciones. En el ámbito anglosajón se emplean ecocriticism, green (cultural) studies, environmental literary criticism o ecopoetics.[6] En el mundo hispanohablante, el término más extendido es ecocrítica, aunque también se utiliza ecocriticismo. El volumen colectivo Ecocríticas: Literatura y medio ambiente (2010), coordinado por Carmen Flys Junquera, José Manuel Marrero Henríquez y Julia Barella Vigal, contribuyó de manera decisiva a la difusión del campo en lengua española.[7]
Una de las características definitorias de la ecocrítica es su vocación interdisciplinaria: convoca a críticos literarios, científicos naturales, filósofos, antropólogos, historiadores y geógrafos en torno a la pregunta de cómo la literatura representa, construye e influye en la relación entre los seres humanos y el mundo natural.[8] Desde esta perspectiva, el análisis ecocrítico puede indagar, por ejemplo, qué concepción de la naturaleza proyecta un poema, qué papel desempeña el entorno en la configuración de una trama narrativa, si los valores expresados en un texto son compatibles con una ética ecológica, o de qué modo las metáforas utilizadas para describir el mundo natural condicionan la relación con él. Asimismo, plantea si el medio ambiente, junto con categorías como la raza, la clase y el género, debe considerarse un eje central del análisis literario, ampliando así los marcos interpretativos de las humanidades.[5]
Historia y origen
Antecedentes y precursores

Aunque la ecocrítica como disciplina académica organizada no se consolidó hasta la década de 1990, sus raíces intelectuales se remontan al auge del movimiento ambientalista norteamericano de las décadas de 1960 y 1970. Entre los textos precursores más influyentes se encuentra Silent Spring (1962), de la bióloga y escritora Rachel Carson, que documentó los efectos perjudiciales del uso indiscriminado de pesticidas sobre los ecosistemas y la salud humana, contribuyó a movilizar a la opinión pública estadounidense y sentó las bases del movimiento ecologista moderno.[9]
Con anterioridad, Leo Marx había examinado en The Machine in the Garden (1964) la tensión entre la tecnología y el ideal pastoral en la literatura estadounidense, identificando uno de los núcleos temáticos que la ecocrítica retomaría décadas más tarde.[10]
Primeros fundamentos teóricos (1972–1978)
El primer intento sistemático de vincular los estudios literarios con la ecología científica provino del estudioso Joseph W. Meeker, cuyo libro The Comedy of Survival: Studies in Literary Ecology (1972) propuso el concepto de ecología literaria para designar el estudio de las relaciones entre las artes literarias y la ecología científica.[11]
Meeker sostuvo que la crisis ambiental occidental era el resultado de una tradición cultural que situaba a la cultura por encima de la naturaleza, y contrapuso el modo trágico —que privilegia al individuo heroico frente al entorno— con un modo cómico de adaptación y convivencia con el mundo natural que, en su opinión, tenía un valor ecológico superior.[12]
El término ecocrítica fue acuñado por el crítico literario William H. Rueckert en su ensayo «Literature and Ecology: An Experiment in Ecocriticism», publicado en 1978 en la revista The Iowa Review.[13] Rueckert definió su propósito como la aplicación de los principios y conceptos de la ecología al estudio de la literatura, aunque el término permanecería prácticamente inactivo en el vocabulario crítico durante más de una década.[14]
Institucionalización del término (1989–1996)
El establecimiento de la ecocrítica como movimiento reconocible comenzó a finales de los años ochenta, cuando Cheryll Glotfelty, entonces estudiante de posgrado en la Universidad de Cornell, impulsó la adopción del término «ecocrítica» en conferencias de literatura para designar el conjunto disperso de estudios sobre literatura y medio ambiente que venían produciéndose sin coordinación desde hacía años.[15]
En 1990, Glotfelty fue contratada por la Universidad de Nevada (Reno) como la primera profesora de literatura y medio ambiente de los Estados Unidos.[15]
En 1991, la Modern Language Association organizó una sesión especial titulada «Ecocriticism: The Greening of Literary Studies», que señaló el reconocimiento institucional de la corriente dentro de los estudios literarios norteamericanos.[16]
Al año siguiente, en 1992, se fundó la Association for the Study of Literature and Environment (ASLE, por sus siglas en inglés) en una sesión especial de la conferencia de la Western Literature Association celebrada en Reno, Nevada, con el propósito de fomentar el intercambio de ideas y textos sobre la relación entre la literatura y el entorno natural.[17]
En 1993, Patrick D. Murphy puso en marcha la revista académica ISLE: Interdisciplinary Studies in Literature and Environment, hoy publicada trimestralmente por Oxford University Press, que se convirtió en el principal órgano difusor del campo.[18]
La consolidación definitiva del campo llegó en 1996 con la publicación de The Ecocriticism Reader: Landmarks in Literary Ecology, antología compilada por Cheryll Glotfelty y Harold Fromm que reunió los textos fundacionales del campo y proporcionó al movimiento una genealogía y una identidad disciplinar.[19]
Ese mismo año apareció The Environmental Imagination de Lawrence Buell, obra que exploró con profundidad cómo la literatura estadounidense refleja y moldea los valores ambientales, y que se convirtió en una referencia central de la nueva disciplina.[20]
Corrientes y ramas teóricas
La ecocrítica no constituye una escuela monolítica, sino un campo plural compuesto por diversas corrientes que han ido desarrollándose a lo largo de su historia, con distintos marcos teóricos, corpus literarios y compromisos éticos y políticos.
Ecofeminismo literario
El ecofeminismo literario es una de las corrientes más influyentes dentro de la ecocrítica. Parte de la premisa de que la dominación histórica sobre la naturaleza y la dominación sobre las mujeres comparten una misma lógica ideológica, y analiza de qué manera la literatura reproduce, cuestiona o subvierte esa lógica dual.[21]
La filósofa australiana Val Plumwood fue una de las figuras centrales en el desarrollo de esta perspectiva; en su obra Feminism and the Mastery of Nature (1993) argumentó que el pensamiento occidental construye una serie de dualismos jerárquicos —razón/ naturaleza, cultura/naturaleza, hombre/mujer— que funcionan de manera solidaria para justificar formas de dominación tanto sobre los seres humanos considerados más cercanos a la naturaleza como sobre el mundo no humano.[22]
Greta Gaard, por su parte, señaló que la premisa básica del ecofeminismo es que la misma ideología que autoriza las opresiones basadas en la raza, la clase, el género, la sexualidad y la especie es la que sanciona la opresión de la naturaleza.[23]
Entre las obras fundacionales de la corriente se encuentran la antología Ecofeminism: Women, Animals, Nature (1993), editada por Gaard, y Ecofeminist Literary Criticism: Theory, Interpretation, Pedagogy (1998), coeditada por Gaard y Patrick D. Murphy.[24]
El ecofeminismo literario ha sido criticado por algunas vertientes del feminismo por incurrir en un esencialismo que asocia a las mujeres con la naturaleza, y sus representantes han debatido ampliamente esta tensión en las últimas décadas.[25]
Ecocrítica poscolonial
La ecocrítica poscolonial surgió en los primeros años del siglo siglo XXI al constatar que la primera oleada de la ecocrítica había privilegiado los paisajes y las tradiciones literarias del mundo anglosajón, ignorando las experiencias ambientales del Sur Global y los vínculos entre la explotación colonial y la degradación ecológica.[26]
La obra de Graham Huggan y Helen Tiffin Postcolonial Ecocriticism: Literature, Animals, Environment (2010) se convirtió en un texto de referencia del campo; en ella los autores examinan las relaciones entre los estudios poscoloniales y la ecocrítica, y analizan cómo la literatura de contextos poscoloniales representa las interacciones entre seres humanos, animales y entorno natural, así como las herencias ambientales del imperialismo.[27]
Una contribución central a esta corriente es el concepto de «violencia lenta» (slow violence) desarrollado por Rob Nixon en Slow Violence and the Environmentalism of the Poor (2011), que describe la degradación ambiental gradual e invisible que afecta de manera desproporcionada a las comunidades más empobrecidas del planeta.[28]
Justicia ambiental
La corriente de justicia ambiental en ecocrítica examina de qué manera la literatura representa y cuestiona la distribución desigual de las cargas y los beneficios ambientales en función de la clase social, la raza, la etnicidad y la posición geopolítica.[29]
Aunque sus vínculos con la ecocrítica poscolonial son estrechos, esta corriente tiene raíces propias en el movimiento de justicia ambiental surgido en Estados Unidos en los años ochenta, que denunció la concentración desproporcionada de instalaciones contaminantes en comunidades afroamericanas, latinas e indígenas.
Aplicada a los estudios literarios, esta perspectiva presta especial atención a los textos producidos por comunidades marginadas que articulan una relación con el entorno marcada por la vulnerabilidad y la resistencia, y amplía el corpus ecocrítico más allá de la escritura de la naturaleza en sentido tradicional.[30]
Ecocrítica material
La ecocrítica material emergió en la década de 2010 como resultado de la confluencia entre la ecocrítica y el llamado «giro material» en las ciencias humanas y sociales.
Serenella Iovino y Serpil Oppermann la definen como el estudio de cómo las formas materiales —cuerpos, sustancias tóxicas, elementos naturales, paisajes y entidades biológicas— interactúan entre sí y con la dimensión humana, produciendo configuraciones de significado interpretables como narrativas.[31]
La antología Material Ecocriticism (2014), editada por Iovino y Oppermann, es el texto de referencia de esta corriente.[32]
Estudios animales
Los estudios animales constituyen una corriente en la que confluyen la ecocrítica, la filosofía poshumanista y los estudios culturales, y que examina la representación de los animales no humanos, cuestionando el antropocentrismo.[33]
Cary Wolfe, en Animal Rites: American Culture, the Discourse of Species, and Posthumanist Theory (2003), argumentó que los estudios culturales han tendido a reprimir la cuestión de la subjetividad no humana.[34]
Donna Haraway desarrolló el concepto de «especies compañeras» en The Companion Species Manifesto (2003) y When Species Meet (2008).[35]
Ecología cultural
La ecología cultural literaria es una propuesta desarrollada por Hubert Zapf. En Literature as Cultural Ecology: Sustainable Texts (2016) y en el Handbook of Ecocriticism and Cultural Ecology (2016), plantea que la literatura funciona como una fuerza ecológica dentro de los sistemas culturales.[36]
Según esta perspectiva, la literatura opera de manera análoga a un ecosistema: funciona como metadiscurso crítico, como espacio imaginativo y como discurso reintegrador entre cultura y naturaleza.[37]
Conceptos y categorías centrales
La ecocrítica ha elaborado un conjunto de conceptos y categorías analíticas propios que le permiten examinar las relaciones entre la literatura, la cultura y el entorno natural. Algunos de estos conceptos proceden de la filosofía ambiental y la geografía humana; otros han sido desarrollados por los propios críticos literarios en el interior del campo.
Antropocentrismo y ecocentrismo
El antropocentrismo designa la posición filosófica que sitúa al ser humano en el centro de la consideración moral y concibe el mundo natural fundamentalmente como un recurso al servicio de los intereses humanos.[38] Esta perspectiva ha dominado el pensamiento occidental desde la modernidad y se manifiesta en la literatura en aquellos textos que representan el entorno natural como escenario pasivo de la acción humana o como materia prima subordinada a los propósitos del protagonista. La ecocrítica identifica el antropocentrismo como una de las raíces ideológicas de la crisis ambiental contemporánea y lo sitúa como uno de sus objetos centrales de análisis crítico.[39]
Frente al antropocentrismo se sitúa el ecocentrismo, que amplía la consideración moral al conjunto de los ecosistemas y reconoce el valor intrínseco de todas las formas de vida, con independencia de su utilidad para el ser humano.[39] El ecocentrismo tiene sus raíces filosóficas en la «ética de la tierra» propuesta por el pensador ambiental Aldo Leopold y fue desarrollado por Arne Naess dentro del movimiento de ecología profunda.[39] En la crítica literaria, una lectura ecocéntrica busca identificar en los textos aquellas representaciones que reconocen la agencia y el valor del mundo no humano, y cuestiona los relatos que lo reducen a mero fondo o decorado de la experiencia humana.
Lo pastoral
Lo pastoral literario es uno de los tropos o grandes metáforas que la ecocrítica ha heredado de la tradición crítica y ha analizado con mayor profundidad. Garrard, quien dedica un capítulo íntegro a esta figura en su obra de referencia Ecocriticism (2004), distingue entre la tradición pastoral clásica, que idealiza la vida campestre como alternativa a la corrupción urbana; la pastoral romántica, que asocia la naturaleza con la experiencia espiritual del poeta; y la pastoral americana, que halla en la naturaleza salvaje el fundamento de la identidad nacional estadounidense.[40] Uno de los aportes más influyentes al análisis de la pastoral es la obra de Leo Marx The Machine in the Garden (1964), que examina la tensión entre el ideal pastoral y el avance tecnológico en la literatura y la cultura norteamericana.[41] La ecocrítica ha cuestionado la pastoral como modo ideológico que tiende a naturalizar relaciones de poder, borrar la presencia de comunidades indígenas y campesinas del paisaje representado, y proponer una visión nostálgica del entorno natural que puede resultar ecológicamente engañosa.[42]
Violencia lenta (slow violence)
El concepto de violencia lenta fue acuñado por Rob Nixon en Slow Violence and the Environmentalism of the Poor (2011) para designar un tipo de violencia que se produce de forma gradual e invisible, dispersa en el tiempo y en el espacio, y que habitualmente no es reconocida como violencia porque carece del carácter espectacular e inmediato que la opinión pública asocia con ese término.[43] Entre los fenómenos que Nixon abarca con este concepto se encuentran la acumulación de toxinas en suelos y aguas, la deforestación progresiva, los efectos diferidos del cambio climático y las secuelas ambientales de los conflictos armados.[44] Un aspecto central de la propuesta de Nixon es que la violencia lenta afecta de manera desproporcionada a las comunidades más empobrecidas del planeta, que carecen de los medios para abandonar los territorios degradados o para hacerse oír ante la opinión pública global.[45] Desde el punto de vista literario, Nixon analiza de qué manera algunos escritores del Sur Global han desarrollado estrategias narrativas para hacer visible esta violencia que de otro modo permanecería fuera del relato mediático y cultural dominante.[44]
Lugar y topofilia
El concepto de lugar ocupa un lugar central en la ecocrítica desde sus primeras formulaciones. La primera oleada del campo privilegió la vinculación afectiva del escritor con un territorio concreto como fundamento de la escritura ambiental, y situó el análisis de esta relación en el corazón de su proyecto crítico.[46] Este interés tiene una deuda reconocida con la geografía humana y, en particular, con el concepto de topofilia desarrollado por el geógrafo chino-americano Yi-Fu Tuan en su obra homónima de 1974, donde lo definió como el vínculo afectivo entre los seres humanos y el entorno material en el que habitan.[47] La ecocrítica retomó este concepto para examinar de qué manera la literatura articula, construye y transmite la experiencia de pertenencia a un lugar específico, y cómo la pérdida o degradación de ese lugar afecta tanto a las comunidades humanas como al conjunto del ecosistema.[48] En la tercera oleada del campo, sin embargo, la centralidad del lugar ha sido problematizada por perspectivas transnacionales que cuestionan los marcos locales y regionales y proponen una ecocrítica atenta a las escalas globales de la crisis ambiental.[49]
Poshumanismo
El poshumanismo designa un conjunto de perspectivas filosóficas y críticas que cuestionan la definición tradicional del sujeto humano como entidad autónoma, racional y separada del resto de los seres vivos y del mundo material.[50] En su intersección con la ecocrítica, el poshumanismo propone desmantelar el privilegio ontológico del ser humano sobre lo no humano y examinar las continuidades y entrelazamientos entre la vida humana y la vida animal, vegetal y material que la tradición humanista occidental ha tendido a borrar.[51] Cary Wolfe, figura central en la articulación entre estudios animales y teoría poshumanista, señaló que el poshumanismo no implica el abandono de la categoría de lo humano sino una mayor vigilancia, responsabilidad y humildad al habitar un mundo poblado por sujetos no humanos.[52] Esta perspectiva ha contribuido a ampliar el corpus ecocrítico hacia textos que exploran la agencia de los animales, las plantas y las sustancias materiales, y ha alimentado el desarrollo de la ecocrítica material como corriente específica dentro del campo.[32]
La ecocrítica en América Latina
La recepción y el desarrollo de la ecocrítica en América Latina constituyen un capítulo específico dentro de la historia del campo, marcado tanto por el diálogo con la tradición anglosajona como por la elaboración de perspectivas propias surgidas de las condiciones históricas, culturales y ecológicas de la región.
Particularidades del contexto latinoamericano
A diferencia del ámbito anglosajón, donde la ecocrítica se consolidó en torno a la escritura sobre espacios naturales no urbanizados y a una tradición trascendentalista, la literatura latinoamericana ofrece un corpus atravesado por problemáticas que le son propias: la herencia colonial y su relación con la explotación de los recursos naturales, la presencia de cosmovisiones indígenas que conciben la relación entre seres humanos y naturaleza de manera distinta a la tradición occidental, el extractivismo como modelo económico con profundas consecuencias ambientales y sociales, y la persistencia de formas de violencia ambiental que afectan de manera desproporcionada a las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes.[53]
Antecedentes: naturaleza y colonialismo en la literatura regional
Uno de los primeros trabajos académicos en abordar sistemáticamente la relación entre literatura latinoamericana y medio ambiente desde una perspectiva crítica fue el de Jennifer French en Nature, Neo-Colonialism, and the Spanish American Regional Writers (2005), que examina la narrativa regionalista de comienzos del siglo siglo XX y, desde un marco de orientación marxista, analiza la relación entre el colonialismo, la explotación de los recursos naturales y el sistema de clases propio de la región.[54]
Niall Binns, hispanista de la Universidad Complutense de Madrid, publicó ¿Callejón sin salida? La crisis ecológica en la poesía hispanoamericana (2004), primera monografía dedicada íntegramente a una lectura ecocrítica de la poesía hispanoamericana canónica. La obra ofrece lecturas de Pablo Neruda, Gabriela Mistral, José Emilio Pacheco y Nicanor Parra, entre otros, examinando de qué manera estos poetas articularon una conciencia ecológica frente a la contaminación, el desarraigo y el crecimiento urbano insostenible.[55] Ese mismo año, Binns coordinó la monografía «Acercamientos ecocríticos a la literatura hispanoamericana», publicada en los Anales de Literatura Hispanoamericana, que reunió los primeros trabajos académicos del campo en el ámbito hispánico.[56]
Consolidación del campo: Gisela Heffes
La figura más influyente en la articulación de una ecocrítica latinoamericana de alcance continental es la escritora y académica argentina Gisela Heffes, profesora de literatura latinoamericana en la Universidad Rice (Houston). Su obra Políticas de la destrucción, poéticas de la preservación: apuntes para una lectura (eco)crítica del medio ambiente en América Latina (2013), publicada por Beatriz Viterbo Editora, examina narrativas desde mediados del siglo siglo XX hasta el presente relacionadas con el medio ambiente en América Latina, analizando de qué manera los textos literarios se refieren tanto a la conservación como a la destrucción de la naturaleza.[57] Un aspecto central de la propuesta de Heffes es que no busca trasladar sin más los conceptos de la corriente anglosajona al contexto latinoamericano, sino formular una perspectiva propia desde el área literaria y cultural de la región.[57]
En 2014, Heffes editó el número monográfico «Ecocrítica en Latinoamérica» de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana (número 79), que reunió trabajos de investigadores de distintos países sobre temas como la naturaleza en la América Latina colonial, el canto mapuche y el colonialismo acústico, la representación de la selva en la narrativa colombiana contemporánea, y lecturas ecocríticas de obras de José María Arguedas y Lydia Cabrera, entre otros.[58] Este número monográfico es reconocido como un hito en la institucionalización de la ecocrítica latinoamericana como campo de investigación específico dentro de los estudios literarios en español.[59]
La ecocrítica en España
La introducción de la ecocrítica en España fue un proceso gradual que se aceleró a partir de la primera década del siglo siglo XXI, impulsado principalmente por la labor de un grupo de investigadores de diversas universidades españolas con contactos internacionales en el campo.
Primeros pasos
Aunque desde los años noventa existían en España trabajos individuales que podían enmarcarse en la sensibilidad ecocrítica, la disciplina carecía de estructura institucional propia. Fue Carmen Flys Junquera, profesora de literatura norteamericana en la Universidad de Alcalá y pionera del campo en el ámbito español, quien impulsó de manera decisiva su introducción y organización en el país.[60] Su trabajo en torno a la literatura de minorías étnicas norteamericanas la llevó a incorporar perspectivas ecocríticas y de justicia ambiental que después trasladó al contexto académico español.[61]
El Grupo de Investigación en Ecocrítica (GIECO)
En diciembre de 2006 se fundó el Grupo de Investigación en Ecocrítica (GIECO), adscrito al Instituto Universitario de Investigación en Estudios Norteamericanos «Benjamin Franklin» de la Universidad de Alcalá, convirtiéndose en el primero y único grupo de investigación en España dedicado íntegramente a la ecocrítica y las humanidades ambientales.[62] El grupo reúne a investigadores de varias filologías —hispánica, francesa e inglesa— y otras áreas de las humanidades pertenecientes a diversas universidades españolas y extranjeras, y fue fundado y coordinado por Carmen Flys Junquera hasta su jubilación.[63]
Las líneas de investigación del grupo abarcan la ecocrítica y sus debates teóricos y metodológicos, las humanidades ambientales, la filosofía y las teorías críticas aplicadas al análisis textual —con especial atención al ecofeminismo, los estudios animales, el materialismo ecocrítico, el ecoposcolonialismo y el poshumanismo—, las representaciones de la naturaleza en la literatura y otras artes, y la ética medioambiental y la justicia ambiental en sus expresiones culturales.[63] El grupo se reúne anualmente en seminarios específicos y ha organizado una serie de encuentros de investigación sobre temas como la montaña, el mar y los paisajes culturales en la literatura.[61]
Ecozon@: la revista europea de ecocrítica
Una de las aportaciones más significativas del GIECO al campo internacional fue la fundación en 2010 de la revista Ecozon@: European Journal of Literature, Culture and Environment, iniciativa conjunta del propio GIECO y de la Asociación Europea para el Estudio de la Literatura, Cultura y Medio Ambiente (EASLCE).[64] La revista, publicada por la Universidad de Alcalá desde 2014 y dirigida en su fundación por Carmen Flys Junquera como editora en jefe, acepta contribuciones en cinco idiomas —inglés, español, francés, alemán e italiano— con el objetivo de ampliar la participación de investigadores no anglófonos y reflejar la diversidad cultural, lingüística y natural del continente europeo.[65] Ecozon@ está indexada en MLA, DOAJ, ERIH PLUS, Latindex, Dialnet y EBSCO, entre otros repertorios, y es de acceso abierto.[65]
Ecocríticas: Literatura y medio ambiente (2010)
El volumen colectivo Ecocríticas: Literatura y medio ambiente (2010), coordinado por Carmen Flys Junquera, José Manuel Marrero Henríquez y Julia Barella Vigal y publicado por Iberoamericana/Vervuert, constituyó la primera obra de síntesis sobre ecocrítica publicada íntegramente en español, y contribuyó de manera decisiva a difundir el campo entre los hispanohablantes a ambos lados del Atlántico.[61] La obra reúne estudios sobre literatura en lengua inglesa, española y francesa, y aborda tanto los fundamentos teóricos del campo como sus aplicaciones a textos concretos, consolidando un vocabulario crítico en español para la disciplina.[61]
Proyección internacional de Carmen Flys Junquera
La labor de Carmen Flys Junquera trascendió el ámbito español al ejercer cargos de responsabilidad en las principales organizaciones internacionales del campo: fue vicepresidenta de la EASLCE entre 2008 y 2010, y presidenta de esa misma asociación entre 2010 y 2012.[66] Su trayectoria la convierte en una de las figuras más influyentes de la ecocrítica europea y en el principal punto de contacto entre la tradición anglosajona del campo y el mundo académico hispanohablante.
Figuras clave y obras fundamentales
El desarrollo de la ecocrítica como campo académico ha sido impulsado por un conjunto de investigadores cuya obra ha definido sus métodos, sus debates y sus fronteras. A continuación se presentan las figuras más influyentes y sus contribuciones principales.
Joseph Meeker
Biólogo y crítico literario estadounidense, Joseph Meeker es considerado el fundador de la «ecología literaria» como disciplina. Su obra The Comedy of Survival: Studies in Literary Ecology (1972) fue el primer intento sistemático de vincular la crítica literaria con la ecología científica, y ha sido reconocida como el texto fundacional del campo.[67] Meeker desarrolló sus estudios a partir de su trabajo como guardabosques y ecólogo de campo en el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, lo que le permitió combinar una formación en humanidades con una experiencia directa en el estudio de los ecosistemas.[12]
Cheryll Glotfelty
Crítica literaria estadounidense, Cheryll Glotfelty obtuvo su doctorado en la Universidad Cornell y fue contratada en 1990 por la Universidad de Nevada (Reno) como la primera profesora de Literatura y Medio Ambiente de los Estados Unidos, cargo que ocupó durante veintiocho años hasta su jubilación en 2018.[68] Cofundadora y presidenta de la Asociación para el Estudio de la Literatura y el Medio Ambiente (ASLE), y cofundadora de la revista ISLE: Interdisciplinary Studies in Literature and Environment, Glotfelty compiló junto a Harold Fromm The Ecocriticism Reader: Landmarks in Literary Ecology (1996), antología que proporcionó al movimiento su texto canónico fundacional y una genealogía disciplinar reconocida.[19]
Lawrence Buell
Lawrence Buell es Powell M. Cabot Professor of American Literature Emeritus en la Universidad de Harvard, especialista en literatura norteamericana del siglo siglo XIX y pionero de la ecocrítica.[69] Formado en Princeton y Cornell, fue profesor en el Oberlin College entre 1966 y 1990 antes de incorporarse a Harvard, donde se jubiló en 2011. Su obra The Environmental Imagination: Thoreau, Nature Writing, and the Formation of American Culture (1995) se convirtió en una de las referencias centrales de la primera oleada del campo, y Writing for an Endangered World (2001), que amplió el análisis ecocrítico hacia entornos urbanos y cuestiones de justicia ambiental, recibió el Premio John G. Cawelti de la Asociación Americana de Estudios Culturales.[70] Su libro The Future of Environmental Criticism (2005) proporcionó el marco historiográfico más utilizado para describir el desarrollo del campo en oleadas sucesivas.[71]
Greg Garrard
Greg Garrard es profesor de humanidades ambientales en la Universidad British Columbia Okanagan (Canadá), donde desarrolla su actividad desde 2013 tras una larga etapa como docente en Bath Spa University (Reino Unido), donde fue presidente de la Asociación para el Estudio de la Literatura y el Medio Ambiente del Reino Unido e Irlanda entre 2004 y 2010.[72] Su libro Ecocriticism (2004), publicado en la colección New Critical Idiom de Routledge, es la introducción al campo más ampliamente utilizada en el mundo académico y ha sido traducida al árabe, portugués brasileño, coreano, turco y chino; la tercera edición, con un ochenta y cinco por ciento de material nuevo, fue publicada en 2023.[42]
Ursula K. Heise
Ursula K. Heise es titular de la cátedra Marcia H. Howard de Estudios Literarios en el Departamento de Inglés y el Instituto de Medio Ambiente y Sostenibilidad de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), y cofundadora y directora del Laboratorio para Estrategias de Narrativa Ambiental (LENS).[73] Formada en la Universidad de Colonia y con doctorado en Stanford, fue profesora en Columbia (1999–2004) y Stanford (2009–2012), y presidenta de la ASLE en 2011. Su libro Sense of Place and Sense of Planet: The Environmental Imagination of the Global (2008) introdujo el concepto de «ecocosmopolitismo» para describir una ética ambiental que combina el compromiso con lo local y la conciencia de la interconexión global de los ecosistemas; la obra es reconocida como uno de los textos que inauguró la tercera oleada del campo.[74] Su segundo libro, Imagining Extinction: The Cultural Meanings of Endangered Species (2016), ganó el premio del Libro de la Sociedad Británica para Literatura y Ciencia en 2017.[74]
Val Plumwood
Val Plumwood fue una filósofa y activista ambiental australiana, considerada una de las ecofeministas más importantes del siglo siglo XX y una de las pensadoras ambientales más influyentes a escala internacional.[75] Estudió filosofía en la Universidad de Sídney y desarrolló su carrera como investigadora independiente vinculada a diversas universidades australianas, siendo al momento de su muerte investigadora del Consejo Australiano de Investigación en la Universidad Nacional Australiana.[76] Su obra Feminism and the Mastery of Nature (1993), que surgió de su tesis doctoral en la Universidad Nacional Australiana, es considerada un texto clásico de la teoría ecofeminista y del pensamiento ambiental contemporáneo, y está incluida en la publicación de Routledge Fifty Key Thinkers on the Environment.[76] Su segundo libro, Environmental Culture: The Ecological Crisis of Reason (2002), amplió su crítica ecofeminista del antropocentrismo y la lógica dualista que conecta las luchas feministas, ambientalistas y descoloniales.[77]
Serenella Iovino
Serenella Iovino es una teórica literaria y cultural italiana. Es James Gordon Hanes Distinguished Professor of Humanities en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (UNC), donde está afiliada tanto al Departamento de Estudios Románicos como al Instituto de Medio Ambiente y Sostenibilidad. Fue la primera persona en esa universidad en obtener un nombramiento conjunto en Estudios Italianos y Humanidades Ambientales.[78]
Iovino es cofundadora de la Asociación Europea para el Estudio de la Literatura, la Cultura y el Medio Ambiente (EASLCE), de la cual fue presidenta entre 2008 y 2010.[78]
Es considerada una de las principales teóricas de la ecocrítica material, corriente que desarrolló junto a Serpil Oppermann, profesora de humanidades ambientales en la Universidad de Capadocia (Turquía).[79]
La antología Material Ecocriticism (2014), coeditada por Iovino y Oppermann y publicada por Indiana University Press, es el texto de referencia de esta corriente y ha sido reconocida como una de las obras más influyentes de la tercera oleada de la ecocrítica.[32]
Debates y críticas al campo
Como toda corriente académica en desarrollo, la ecocrítica ha sido objeto de debates internos y de críticas externas que han contribuido a precisar sus métodos, ampliar sus horizontes y cuestionar sus presupuestos. A continuación se presentan los principales ejes de discusión que han articulado estas controversias.
El debate sobre el esencialismo ecofeminista
Uno de los debates más intensos dentro de la ecocrítica se ha producido en torno al ecofeminismo y su supuesta tendencia al esencialismo, es decir, a tratar la relación entre las mujeres y la naturaleza como una afinidad biológica o espiritual natural e invariable, con independencia de las diferencias de raza, clase, cultura y geografía. Formulado en los años ochenta y adquiriendo prominencia a comienzos de los noventa, el ecofeminismo recibió críticas desde el interior del propio feminismo, y hacia finales de esa misma década algunas investigadoras optaron por renombrarlo bajo denominaciones alternativas como «feminismo ecológico» o «ecosocialismo feminista» para distanciarse del término y de sus connotaciones esencialistas.[80] Greta Gaard señaló en su artículo «Ecofeminism Revisited» (2011) que las acusaciones de esencialismo habían simplificado y distorsionado el campo, presentando como representativa una posición minoritaria dentro de él e ignorando que el ecofeminismo de los años ochenta abarcaba un conjunto diverso de enfoques liberales, marxistas, anarquistas y socialistas.[81] El debate condujo en su fase más reciente al desarrollo del ecofeminismo material como alternativa teórica que rechaza explícitamente las premisas esencialistas.[82]
Activismo versus rigor académico
Un segundo debate concierne a la tensión entre el compromiso activista de la ecocrítica y las exigencias de rigor teórico y metodológico del trabajo académico. Dana Phillips, en The Truth of Ecology: Nature, Culture, and Literature in America (2003), formuló la crítica más polémica de la primera oleada, argumentando que ésta adolecía de un exceso de reverencia hacia la escritura de la naturaleza, de una insuficiente sofisticación teórica y de una preferencia por el realismo como modo de representación que descansaba en supuestos filosóficos problemáticos.[83] Terry Gifford señaló, en respuesta, que la inclusividad y el civismo que habían distinguido a la ecocrítica podían ser también su debilidad, en la medida en que la ausencia de una metodología definida explicaría la falta de un debate interno riguroso en la disciplina.[84] Buell reconoció que fue la ecocrítica británica, partiendo de Raymond Williams, la que logró desplegar un mayor escepticismo hacia la práctica pastoral y un rigor crítico más sostenido.[85]
La crítica al concepto de naturaleza
Una de las críticas más radicales al campo provino de Timothy Morton, catedrático de la Universidad Rice, quien en Ecology without Nature: Rethinking Environmental Aesthetics (2007) argumentó que el principal obstáculo del pensamiento ecológico es la propia imagen de la naturaleza que la ecocrítica ha tendido a venerar. Morton sostuvo que la naturaleza es un concepto retórico arbitrario cuyos orígenes modernos pueden rastrearse en la escritura romántica de la Revolución Industrial, y que la ecocrítica, al elevarla a categoría central de su análisis, fetichiza ese concepto y reproduce las mismas asunciones de la literatura que pretende criticar.[86] Su propuesta, denominada «ecología oscura» (dark ecology), postula que una perspectiva verdaderamente ecológica debe abandonar el concepto de naturaleza, puesto que la separación entre «nosotros» y «ella» marca exactamente la distancia que impide una conciencia ecológica genuina.[87] Esta posición, desarrollada posteriormente en The Ecological Thought (2010) e Hyperobjects (2013), ha sido ampliamente debatida dentro del campo y ha contribuido a cuestionar los fundamentos conceptuales de la ecocrítica desde su interior.[87]
El binomio naturaleza-cultura
Un cuarto debate, de carácter filosófico, gira en torno a la dicotomía naturaleza-cultura y al modo en que la ecocrítica la ha gestionado. La primera oleada partió a menudo de una separación relativamente nítida entre el mundo natural y el cultural, que le permitió afirmar el valor intrínseco de la naturaleza, pero que fue cuestionada por quienes señalaron que esa separación reproducía los mismos dualismos jerarquizantes que la ecocrítica pretendía desmantelar.[88] Esta crítica ha sido asumida en buena medida por la ecocrítica material y el poshumanismo, que han reformulado el problema en términos de entrelazamiento entre lo humano y lo no humano, disolviendo la dicotomía en lugar de simplemente invertirla.[89]
La cuestión del anglocentrismo y la diversidad
Un quinto eje de debate ha sido el carácter marcadamente anglocéntrico de la ecocrítica en su primera oleada, que privilegió las tradiciones literarias y los paisajes del mundo de habla inglesa en detrimento de otras literaturas y experiencias ambientales. Esta crítica fue impulsada institucionalmente desde el interior de la propia ASLE: en junio de 1999 se fundó el Caucus por la Diversidad, que presentó una carta al consejo ejecutivo de la asociación señalando la existencia de un creciente interés en las cuestiones de justicia ambiental y social, y en las intersecciones entre raza, clase, género, sexualidad y naturaleza, y reclamando una mayor representación de estas perspectivas en el campo.[90] Esta presión interna contribuyó decisivamente a la apertura de la segunda oleada hacia la justicia ambiental y al surgimiento de ecocríticas nacionales y regionales —latinoamericana, india, africana, asiática— que han enriquecido el campo con tradiciones y problemáticas propias.[91]
Interseccionalidad y ecocrítica
Estrechamente vinculado al debate anterior, el enfoque interseccional ha cuestionado a la ecocrítica por abordar el medio ambiente de manera aislada, sin integrar suficientemente su análisis con otras estructuras de opresión como la raza, la clase, el género, la sexualidad y el colonialismo. Desde la teoría de la justicia ambiental cultural se ha señalado que los problemas ambientales no pueden resolverse al margen de las cuestiones de justicia económica y social, y que la tendencia de algunos enfoques ecocríticos a celebrar el mundo no humano en abstracto puede reproducir privilegios y exclusiones propios del ambientalismo blanco y del capitalismo verde.[92] La respuesta del campo ha sido la incorporación progresiva del marco interseccional como punto de partida teórico y metodológico, combinando el análisis del género, la raza, la clase y la ecología en lecturas que reconocen la inseparabilidad de estos sistemas de opresión y su relación con la degradación ambiental.[82]
Referencias
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Véase también
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Enlaces externos
- Association for the Study of Literature and Environment (ASLE) — Principal organización académica de la ecocrítica anglosajona.
- European Association for the Study of Literature, Culture and Environment (EASLCE) — Organización europea equivalente, cofundada por Serenella Iovino y Carmen Flys Junquera.
- Ecozon@: European Journal of Literature, Culture and Environment — Revista académica europea de ecocrítica, de acceso abierto, fundada por el GIECO.
- Grupo de Investigación en Ecocrítica (GIECO) — Primer y único grupo de investigación en ecocrítica de España, adscrito a la Universidad de Alcalá.
- ISLE: Interdisciplinary Studies in Literature and Environment — Revista académica fundacional del campo, publicada por Oxford University Press.