El alguacil endemoniado
| El alguacil endemoniado | |||||
|---|---|---|---|---|---|
| de Francisco de Quevedo | |||||
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| Género | Sátira | ||||
| Título original | El alguacil endemoniado | ||||
| País | España | ||||
| Fecha de publicación | 1627 | ||||
| Serie | |||||
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El alguacil endemoniado es el segundo de los Sueños de Francisco de Quevedo. Fue escrito en 1606 o 1607 y fue publicado en 1610. Su versión expurgada se publicó en 1631 con el nombre de El alguacil alguacilado, dentro de los llamados Juguetes de la niñez.
Análisis
A diferencia del Juicio, esta sátira es la primera presentada en forma de discurso o coloquio entre un interlocutor y el Diablo.[1] El licenciado Calabrés, sacerdote hipócrita y realizador de exorcismos, es el otro personaje del Alguacil.[2] Intenta repetidamente exorcizar al demonio que ha poseído al alguacil, aunque no tiene mucho éxito. Para Crosby, Calabrés representa a todos aquellos que callan la verdad,[3] ora por miedo, ora por velar sus intereses. El mismo Quevedo, por temor a la represión ideológica, se negó a publicar tal cual muchos de sus escritos.[4]
El ocelote Calabrés, clérigo de alto rango en la España de los Felipes, personifica la sátira burlona y ácida que Quevedo realiza contra el enorme poder de la Iglesia española.[5] La sátira es muy atrevida, ya que durante la parodia del exorcismo Calabrés mantiene una conversación personal y directa con el espíritu maligno, cosa prohibida específicamente por el Rituale romanum.[6]
En la Iglesia de San Pedro el Viejo de Madrid Quevedo sitúa la acción del Alguacil. En este contexto físico se traslucen varias implicaciones socioculturales de la obra, como la crítica a las supersticiones populares que atribuían a los demonios todos los males de la sociedad. Quevedo conocía bien este fenómeno y a lo largo de su obra lo ridiculiza y hace ver obsoleto y pasado de moda.[7] La elección de la iglesia de san Pedro el Viejo como vehículo para narrar la obra no es casualidad: desde mediados del siglo XVI circulaba una leyenda popular que otorgaba facultades sobrenaturales a una campana que estuvo en la torre mudéjar de San Pedro hasta 1567.[8] Situar un exorcismo en dicho lugar es una alusión encubierta al poder de la campana, que protegía contra los rayos y los demonios.[9] Calabrés representa una realidad muy común en la España de Quevedo: religión y creencias supersticiosas como elemento fundamental de una sociedad regida por la Iglesia. La Inquisición, representada por su santo patrono —san Pedro Mártir—, era omnipresente en todos los aspectos del país y ejercía una influencia demasiado poderosa que Quevedo intenta retratar en su discurso.[10]
Calabrés acusa al diablo de mentir y pone en tela de juicio la veracidad de sus palabras, escudándose en las numerosas condenas que la religión ha lanzado contra él a lo largo de los siglos.[11] El sacerdote se ha colocado a sí mismo en una especie de antagonista de la verdad,[12] por lo que el diablo le recuerda algunas leyendas grecorromanas sobre la Verdad y la Justicia. Al final, Quevedo pide a sus lectores que lean con atención el Alguacil, porque algo de cierto encierran las palabras del demonio, injustamente tratado por el ensalmador Calabrés.[13]
El último párrafo del texto contiene cuatro citas sobre sujetos que tradicionalmente han sido tenidos por malos, como Herodes Antipas o Caifás,[14] a quienes Quevedo intenta analizar imparcialmente para descubrir la verdad de sus acciones. Son citas complicadas y enigmáticas, que sin embargo ofrecen gran relación con los exorcismos.[15]
Notas
Referencias
- ARELLANO, Ignacio, «Introducción», Los sueños, Madrid, Cátedra, 1999 (Letras Hispánicas, 335), págs. 9-46. ISBN 84-376-1007-9.
- ESTRUCH TOBELLA, Joan, «Estudio preliminar», Sueños, Madrid, Akal, 1991 (Nuestros Clásicos, 2), págs. 7-33. ISBN 84-7600-73-10.
- O. CROSBY, James, «Introducción», Sueños y discursos, Madrid, Castalia, 1993 (Clásicos Castalia, 199), págs. 17-87. ISBN