La flor muerta

La flor muerta es una pintura del artista mexicano Manuel Ocaranza. Fue realizada en 1868, cuando el autor tenía solamente veintisiete años, tomando como base su trabajo en las pinturas costumbristas o de género. La pintura fue presentada en una exposición de 1869 en la Escuela Nacional de Bellas Artes.[1] Su técnica es óleo sobre lienzo y tiene unas dimensiones de 165,8 cm de alto por 115,5 cm de ancho. Se encuentra en el Museo Nacional de Arte.[2]
Contexto histórico-artístico
Ocaranza realizó dos pinturas para representar una fuerte connotación simbólica: la pérdida de la castidad.[3] La primera pintura, llamada El amor del colibrí, que muestra a una joven sentada, mirando cómo un pequeño colibrí se posa sobra la flor que está colocada en el marco de su ventana. La segunda pintura, llamada La flor muerta, muestra una escena similar; no obstante, trata de demostrar un mensaje distinto al espectador.[4]
Ambas obras se relacionan al mostrar ambas facetas de la castidad de la mujer. En El amor del colibrí, se muestra a la joven emocionada con su carta, mientras el colibrí revolotea cerca de la flor viva, haciendo referencia al cortejo y a la masculinidad de él. Mientras que en La flor muerta, los símbolos de castidad como el vestido blanco o la flor tienen algo diferente. El vestido tiene un listón rojo y la flor está trozada, haciendo referencia a la pérdida de la virginidad. Es por eso que la joven de la obra tiene gestos de arrepentimiento y culpa.[5]
Descripción
En esta pintura se puede ver a una joven con sus manos entrelazadas, frente a una azucena marchita y apenas sujeta de su tallo. Se ve un paisaje rural delante de ella, a la derecha, donde también destaca una fuente. El muro del balcón detrás de ella muestra unas enredaderas que atraviesan la baranda de ladrillo, hasta llegar al mismo jarrón oriental que sostiene aquella flor trozada. Esta joven tiene un rostro limpio, pálido, lleva un vestido blanco ligero, un listón rojo por la cintura y otro en su cabello, a su vez apenas recogido con un chongo que también tiene un listón rojo, mientras el resto cae suelto a la espalda.[6][7]
Resaltan sus facciones y gestos de preocupación, mientras mira aquella flor, apenas sosteniéndose de su tallo. La azucena representa la Anunciación de la Virgen María, quien representa la pureza y castidad, especialmente por el color blanco, color que también se puede observar en el vestido de la protagonista de la obra.[6]
Estilo y simbología

Tanto en El amor del colibrí como en La flor muerta, Manuel Ocaranza marcó lo que serían elementos claves de su producción: la inclusión de los elementos alegóricos dentro de escenas de género o de la vida cotidiana, la introducción de palabras y la idea de trabajar un tema en términos secuenciales, sin la necesidad de tener un orden cronológico o hasta respetar las dimensiones de sus obras. [8]
Aunque ambos cuadros fueron hechos en distintas fechas, se rumorea que el tema fue hecho de una misma rama, simplemente diciendo que provenían del mismo poema. En dichas pinturas, existen elementos que pueden unir los temas: el jarrón y las azucenas, el vestido de muselina con el cinto rojo y las dos jóvenes mostrando en sus gestos y lenguaje corporal estar en una situación que las dejaba pensativas. En El amor del colibrí la joven viste a la moda, con el cabello recogido, porta joyas y sus mejillas están ruborizadas por la emoción. Sin embargo, Ocaranza no afirmó ni negó estos rumores, defendiéndose en que las jóvenes de ambos cuadros fueron retratadas con fisionomía diferente.[9]
El tema principal de ambas obras, en especial “La flor muerta”, es la mujer. Esta relación de la mujer con la flor está muy presente en el Romanticismo para que cobrara vida con los simbolismos, sobre todo en el arte mexicano. El motivo principal por el que se asociaba a las mujeres con las flores, era por la pureza y delicadeza que ambas mostraban, además de mostrar su pudor y sensibilidad a través de ellas. El amor, los celos, la lujuria y la belleza siempre se ha transmitido por medio de las flores. Esto se traduce en las relaciones interpersonales, como algunas se marchitan o florecen.
Es por eso que el artista representó la experiencia femenina por medio de las flores. El como la virginidad y castidad se representaban dentro de la dualidad de ambos cuadros. Tradujo un símbolo alegórico a un lenguaje visual modernizado. La flor deja de ser pura, su castidad fue rota e irreparable, dejando a la joven preocupada y sufriendo la pérdida de lo que fue su feminidad. Más que una flor marchita, es una flor rota, simbolizando el engaño, perdió su virtud por la confusión de un amor mentiroso.[10]
Su indumentaria sencilla y su mismo peinado hacen referencia al arrepentimiento que está atravesando. El listón rojo, apenas sujetando su cabello, es una referencia a María Magdalena. Su belleza pálida hace resaltar el pensamiento moralista que dirige al espectador hacia el pensamiento virtuoso, sin frivolidades como en la religión cristiana, motivos que llevan a una lectura más completa sobre el costumbrismo.[5]
La mujer y la flor también pudieron ser símbolos de un cambio hacia una generación liberal y la Reforma. Esto se debe a que Ocaranza era de pensamiento liberal, por lo que también pudo ser una referencia hacia la patria.[4]
Temáticas sociales de la época
Ocaranza también busca resaltar la literatura mexicana por un medio más visual en sus obras. En aquella época, fueron publicados una gran cantidad de poemas, cuentos y escritos literarios con el tema de la flor marchita. Estos escritos retrataban la vida de la juventud bien acomodada, con vidas llenas de lujos, música y entregadas al culto de la belleza.[11]
La gran mayoría de estos escritos siempre llevaba a una de estas jóvenes a ser partícipes de numerosos encuentros con los pretendientes que las cortejaban. Cuando por fin decidían estas mujeres corresponder las necesidades de sus pretendientes, terminan siendo meramente seducidas, usadas por el amor y dejándolas sin su castidad, convirtiéndolas en la “flor marchita/muerta”.[12]
Ocaranza muestra una gran habilidad conectando símbolos en sus pinturas, junto con el arte costumbrista. Mensajes populares como la virginidad de la mujer y el engaño dentro del cortejo, acomodado en una serie de elementos alegóricos y muestras de la vida común; todo mientras que incita al espectador al cuestionamiento de la castidad y los valores sociales dentro de ella.[6]
Una protagonista en un espacio al aire libre, sin poder ella experimentar esa misma libertad, insinuando tal vez que está en retiro en el campo para huir de las habladurías debidas a su "caída", por lo que los mismos colores que utiliza el autor muestran los pensamientos que pasan en la mente de la joven. Su culpa cristiana se representa con la sobriedad de los colores, los verdes, grises y blancos de segundo plano que ella ve, junto con el rojo y blanco que muestran una pureza dañada en su cuerpo, dándole diversas variantes a los significados dentro de una sola obra.
Esta obra fue el parte aguar a nuevas conversaciones sobre los discursos del concepto de feminidad, cuestionando la culpabilidad que se otorga a la mujer a la hora de perder su virginidad y dejando de lado la pureza en ella. Además, gracias a que tomó en cuenta diversos escritos de colegas mexicanos, consiguió relacionar distintas ramas del arte con su obra.
Referencias
- ↑ Gámez de León, 2009, p. 72.
- ↑ «The Dead Flower - Manuel Ocaranza». Google Arts & Culture. Consultado el 3 de diciembre de 2025.
- ↑ Gámez de León, 2009, p. 77.
- 1 2 Velázquez Guadarrama, 1998, p. 128.
- 1 2 Velázquez Guadarrama, 1998, p. 156.
- 1 2 3 Ross Aguilar, 2023, p. 41.
- ↑ «La flor muerta de Manuel Ocaranza». munal.emuseum.com. Consultado el 3 de diciembre de 2025.
- ↑ «AUTORRETRATO FUNDIDO EN NEGRO. ACTITUDES ANTE LA MUERTE A TRAVÉS DEL AUTORRETRATO Y LA IMAGEN DEL ARTISTA EN EL SIMBOLISMO».
- ↑ Velázquez Guadarrama, 1998, p. 130.
- ↑ Velázquez Guadarrama, 1998, p. 135.
- ↑ Velázquez Guadarrama, 1998, p. 150.
- ↑ Velázquez Guadarrama, 1998, p. 151.
Bibliografía
- Bejarano, Juan C. (2017). «Autorretrato fundido en negro. Actitudes ante la muerte a través del autorretrato y la imagen es el simbolismo». Eros y Thanatos. Reflexiones sobre el gusto III: 477-492. Consultado el 2 de diciembre de 2025.
- Gámez de León, Tania (2009). Rostro reflejado ante un espejo: Manuel Ocaranza, pintor 1841-1882. Universidad Iberoamericana. ISBN 978-607-417-024-5. Consultado el 2 de diciembre de 2025.
- Ross Aguilar, Ana Lourdes (2023). «"La flor muerta" de Manuel Ocaranza». Taches y Tachones. Revista bimestral de literatura, artes y algo más (17): 41-43. Consultado el 2 de diciembre de 2025.
- Velázquez Guadarrama, Angélica (1998). «Castas o marchitas "El amor del colibrí" y "La flor muerta" de Manuel Ocaranza». Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas XX (73): 125-160. ISSN 0185-1276. doi:10.22201/iie.18703062e.1998.73.1822. Consultado el 2 de diciembre de 2025.
- Velázquez Guadarrama, Angélica (5). Representaciones femeninas en la pintura del siglo XIX en México: ángeles del hogar y musas callejeras (Primera edición edición). Universidad Nacional Autónoma de México. ISBN 978-607-30-0567-8.